En el campo, un alambrado puede marcar mucho más que el límite entre dos lotes.
A veces también cuenta una historia. De un abuelo que compró las primeras hectáreas, de hermanos que continuaron trabajando juntos, de una parcela que se incorporó después de una buena campaña o de otra que fue heredada y quedó en condominio. Con los años, aquello que comenzó como una explotación productiva puede convertirse al mismo tiempo en empresa, patrimonio familiar y parte de la identidad de varias generaciones.
Ahí aparece una de las particularidades de la empresa agropecuaria familiar. En cualquier empresa familiar conviven familia, propiedad y gestión. En el agro, además, la tierra tiene un peso especial. No es solamente un activo del balance. Puede representar historia, pertenencia, seguridad económica y hasta una forma de vida. Por eso algunas decisiones que desde afuera parecen exclusivamente empresarias —arrendar, vender, dividir, incorporar a un hijo o cambiar una actividad— pueden tocar dimensiones mucho más profundas.
Qué entendemos por empresa familiar agropecuaria en Argentina
Conviene diferenciar dos conceptos que pueden parecer similares. En Argentina existe una definición legal de agricultura familiar. La Ley 27.118 contempla emprendimientos donde la gestión es ejercida directamente por el productor o su familia, existe propiedad total o parcial de los medios de producción, predomina el trabajo familiar, la familia reside en el campo o cerca de él y la actividad agropecuaria constituye su principal ingreso.
La empresa familiar agropecuaria, en cambio, es un concepto más amplio. Puede tratarse de un establecimiento agrícola, ganadero, lechero, mixto o de una organización con varias unidades de negocio. Puede tener empleados, profesionales externos, campos propios y alquilados e incluso estructuras societarias complejas. Lo que la vuelve familiar es la influencia significativa de una familia sobre la propiedad, las decisiones y la continuidad del proyecto.
Esta diferencia importa porque no todas las empresas agropecuarias familiares son pequeñas explotaciones basadas principalmente en mano de obra familiar. Algunas alcanzaron una escala considerable y profesionalizaron buena parte de su gestión sin dejar de ser empresas familiares.
Investigaciones realizadas sobre empresas familiares agropecuarias argentinas muestran justamente que sus dificultades no provienen solamente de producir mejor o peor. La forma de gestionar, organizar la propiedad y preparar los traspasos generacionales también condiciona fuertemente su continuidad.
Cómo administrar una empresa agropecuaria familiar
En el agro es bastante habitual que gestión y patrimonio se confundan. El campo puede pertenecer a determinados integrantes de la familia, las máquinas a una sociedad, la explotación estar a cargo de otra estructura y parte de las hectáreas trabajarse bajo arrendamiento. Si además algunos hermanos trabajan y otros solamente son propietarios, las preguntas empiezan a multiplicarse.
¿Quién cobra un sueldo y quién recibe una renta? ¿Quién decide una inversión? ¿La rentabilidad debe medirse sobre la explotación o también sobre el valor de la tierra? ¿El familiar que trabaja tiene más derecho a decidir que quien es propietario pero vive en otra ciudad? ¿Qué ocurre si uno de los hermanos quiere vender su participación?
Administrar bien empieza por distinguir estas cuestiones.
La empresa necesita números que permitan conocer el resultado de cada actividad, presupuestos, responsabilidades y criterios para tomar decisiones. Los propietarios necesitan información sobre su patrimonio y reglas respecto de inversiones, retiros, dividendos o arrendamientos. Y la familia necesita un espacio diferente para conversar expectativas, ingreso de nuevas generaciones y decisiones que afectarán al patrimonio común.
Esto se vuelve especialmente visible en un tambo. Allí la operación exige presencia cotidiana, conocimientos técnicos, inversión permanente y una coordinación que no admite demasiada improvisación. Que un hijo sea copropietario del campo no significa necesariamente que esté preparado para conducir el tambo. Del mismo modo, quien lleva adelante la operación necesita una remuneración por su trabajo diferente del retorno que pueda corresponderle como propietario.
Profesionalizar una empresa agropecuaria familiar no significa alejar a la familia del campo. Significa que cada integrante pueda participar desde un lugar más claro.
Tierra, familia y sucesión: una conversación que conviene adelantar
La sucesión tiene en las empresas agropecuarias una dificultad adicional. Muchas veces lo que se transmite no es solamente una empresa en funcionamiento, sino también tierra.
Y la tierra no siempre admite divisiones sin consecuencias.
Una investigación de INTA sobre relevo generacional en empresas familiares agropecuarias pampeanas muestra precisamente que la sucesión de la dirección y la transferencia de la propiedad son procesos diferentes y pueden ocurrir en momentos distintos. También advierte sobre el impacto que puede tener la subdivisión sucesiva de las explotaciones sobre su viabilidad económica.
Por eso la sucesión de una empresa familiar agropecuaria no debería comenzar el día en que se reparten los bienes. Mucho antes convendría hablar de quién quiere continuar vinculado con la actividad, quién tiene capacidades para conducirla, qué lugar tendrán quienes no trabajan en ella y cómo podría organizarse la propiedad sin destruir aquello que necesita permanecer unido para ser productivamente razonable.
No todos los hijos tienen que trabajar en el campo. Tampoco todos tienen que convertirse en administradores. Pueden existir futuros propietarios que desarrollen sus carreras en otro lugar y profesionales externos capaces de gestionar la explotación. La continuidad no exige obligar a la siguiente generación a repetir la vida de la anterior.
¿Por qué una empresa agropecuaria puede necesitar un protocolo familiar?
Precisamente porque muchas de esas decisiones suelen quedar implícitas durante demasiado tiempo.
Un protocolo familiar para una empresa agropecuaria puede ayudar a acordar qué condiciones deberá cumplir un familiar para trabajar, cómo se remunerarán las funciones, quién podrá ocupar posiciones de conducción, qué ocurrirá si un propietario quiere salir, cómo se tratarán futuras transmisiones patrimoniales y qué órganos utilizará la familia para conversar estos temas.
El protocolo no debería ser un formulario descargado y completado con nombres. Su valor está en las conversaciones que obliga a tener.
En una familia propietaria de un establecimiento, por ejemplo, puede ser relativamente sencillo afirmar que “el campo no se vende”. Pero esa frase necesita bastante más desarrollo. ¿Qué ocurre si un heredero necesita liquidez? ¿Los demás tienen derecho de preferencia? ¿Cómo se valúa su parte? ¿La familia quiere conservar la tierra o también continuar con la explotación? ¿Son necesariamente el mismo proyecto?
Son preguntas distintas, y responderlas antes puede evitar que una crisis personal termine convirtiéndose en una crisis empresaria.
El planteo de una empresa agropecuaria familiar empieza por comprender qué quiere preservar. Quizá sea la explotación. Quizá la propiedad de la tierra. Quizá ambas. O tal vez la siguiente generación decida conservar el patrimonio y cambiar completamente la manera de producirlo o gestionarlo.
En el campo estamos acostumbrados a pensar en ciclos. Hay momentos para sembrar, momentos para esperar y momentos para cosechar. Con la continuidad empresaria ocurre algo parecido: algunas conversaciones solo producen buenos resultados cuando se empiezan bastante antes de necesitarlas.
Porque heredar un campo puede ocurrir de un día para otro.
Aprender a compartir un proyecto alrededor de ese campo lleva bastante más tiempo.
