En algunas empresas familiares hay reuniones para todo, pero espacios para decidir, pocos. Se habla de la empresa durante el almuerzo, un socio plantea una inquietud por WhatsApp, el fundador conversa con uno de sus hijos en el auto y, unos días después, todos creen que un tema ya fue resuelto. Hasta que aparece alguien que no estaba en alguna de esas conversaciones y pregunta: “¿Pero esto cuándo lo decidimos?”.
No siempre falta comunicación. A veces ocurre exactamente lo contrario: se habla mucho, pero no está claro dónde corresponde tratar cada tema. Ahí aparece el sentido de los órganos de gobierno de una empresa familiar. Son espacios con una función definida, participantes determinados y cierta periodicidad, creados para que asuntos diferentes no terminen mezclándose en la misma conversación. Su valor no está en el nombre que tengan ni en la cantidad de reuniones que generen. Está en ayudar a que cada decisión encuentre su lugar.
¿Qué son los órganos de gobierno de una empresa familiar?
Podríamos definirlos como ámbitos organizados donde la familia, los propietarios o quienes gobiernan la empresa ejercen determinadas responsabilidades. Algunos pertenecen principalmente al mundo familiar, otros a la propiedad y otros al gobierno del negocio. Cada uno mira la misma realidad desde una perspectiva distinta.
Esto es importante porque una empresa familiar necesita resolver preguntas diferentes. La familia puede necesitar conversar qué espera del proyecto empresario, cómo quiere preparar a las nuevas generaciones o qué reglas tendrá para el ingreso de familiares. Los propietarios, en cambio, deben ocuparse de decisiones vinculadas con su condición de socios. Y quienes integran el Directorio necesitan pensar en estrategia, resultados, riesgos y continuidad de la empresa.
Cuando no existen espacios diferenciados, esas preguntas empiezan a competir entre sí. Una reunión empresaria termina hablando de problemas entre hermanos. Una sobremesa familiar se transforma en una discusión sobre inversiones. O un Directorio dedica buena parte de su tiempo a asuntos operativos que deberían resolver los gerentes.
El problema no se soluciona creando automáticamente un órgano para cada cuestión. Se trata de construir solamente los espacios que la familia y la empresa realmente necesiten. En una primera generación, con pocos integrantes, seguramente la estructura será sencilla. Cuando aparecen hermanos socios, cónyuges, hijos adultos, nuevas generaciones o distintas unidades de negocio, esa sencillez empieza a necesitar otras formas de organización.
Asamblea Familiar y Consejo de Familia: no cumplen la misma función
Una Asamblea Familiar puede ser un espacio amplio de encuentro. Permite compartir información con integrantes que quizá no participan cotidianamente de la empresa, acercar a las nuevas generaciones, conversar sobre la historia y los valores de la familia o mantener cierto conocimiento común sobre el proyecto empresario y patrimonial.
No hace falta que todas las familias creen una Asamblea formal ni que todos sus integrantes participen de todas las decisiones. Su utilidad aparece especialmente cuando el grupo familiar comienza a crecer y ya no alcanza con suponer que todos saben qué está ocurriendo.
El Consejo de Familia suele tener un carácter más reducido y de trabajo. No está para dirigir la empresa. Está para ocuparse de la relación de la familia con el proyecto empresario y con el patrimonio compartido. Allí pueden trabajarse temas como la incorporación de nuevas generaciones, la formación de futuros propietarios, acuerdos familiares, expectativas sobre la empresa, canales de comunicación o cuestiones que después pueden quedar reflejadas en un protocolo familiar.
Me gusta pensar al Consejo de Familia como un lugar donde la familia puede anticiparse. No necesariamente porque exista un problema, sino porque hay temas que conviene conversar antes de que se transformen en uno. Si un hijo quiere ingresar a trabajar dentro de tres años, quizá hoy sea un buen momento para acordar qué condiciones debería cumplir. Si empiezan a aparecer nietos adultos, puede ser oportuno pensar cómo acercarlos al rol de futuros propietarios, aunque ninguno vaya a trabajar en la empresa.
Cuando funciona bien, el Consejo de Familia también sirve como nexo. Permite que las inquietudes familiares tengan un ámbito propio y evita que se filtren constantemente en la operación o en el Directorio. En uno de mis libros, Más que negocios. De empresa familiar a familia empresaria, trabajo justamente esta idea: el Consejo de Familia puede convertirse en un espacio donde se construye una visión compartida de la empresa y del patrimonio familiar, además de acordar reglas generales para relacionar familia y empresa.
El Directorio: un órgano que tiene que funcionar de verdad
El Directorio es probablemente uno de los órganos más conocidos y, al mismo tiempo, uno de los más desaprovechados. En algunas empresas existe porque debe existir formalmente, pero sus reuniones se reducen a firmar documentación o ratificar decisiones que ya tomó otra persona. Tener un Directorio en los papeles no significa tener un órgano de gobierno.
Un Directorio que aporta valor necesita tiempo para pensar. Debería poder mirar la empresa con una perspectiva distinta de la urgencia cotidiana: revisar estrategia, resultados, inversiones relevantes, riesgos, desempeño de la dirección y temas vinculados con la continuidad. También puede ser un espacio especialmente valioso para incorporar miradas externas y evitar que todas las conversaciones estratégicas queden encerradas dentro de la lógica familiar.
Esto requiere una condición que parece obvia pero no siempre se cumple: quienes integran el Directorio tienen que asumir el rol de directores. Un padre no participa allí principalmente como padre y un hijo no debería hacerlo solamente como heredero. Sentarse en esa mesa supone otra responsabilidad.
También en Más que negocios, uno de mis libros sobre empresas familiares, señalo una situación bastante habitual: Directorios donde solo hay presta-nombres o asambleas societarias que existen únicamente en los libros. El crecimiento y la continuidad necesitan órganos que efectivamente cumplan las funciones para las que fueron creados.
¿Para qué sirven los órganos de gobierno en una empresa familiar?
Uno de sus beneficios más importantes es generar previsibilidad. No porque permitan anticipar todo lo que ocurrirá, sino porque ayudan a saber dónde llevar una cuestión cuando aparece. Si surge un tema referido al ingreso de un familiar, existe un ámbito. Si hay que revisar la estrategia, existe otro. Si los propietarios necesitan conversar sobre sus expectativas, no hace falta esperar a que el asunto aparezca informalmente en la oficina.
También ayudan a repartir responsabilidades. Muchas empresas familiares funcionan durante años alrededor de una persona que concentra no solo decisiones sino también roles. Es empresario, propietario, padre, referente familiar y árbitro de casi cualquier desacuerdo. Los órganos de gobierno no buscan reemplazar su experiencia. Permiten que parte de aquello que estaba concentrado en una persona empiece a convertirse en una responsabilidad compartida.
Además, pueden convertirse en espacios de aprendizaje entre generaciones. Los más jóvenes no aprenden a ser propietarios o directores solamente heredando acciones o recibiendo un cargo. Necesitan comprender cómo se analiza una decisión, cómo se escucha una posición diferente, cómo se argumenta y cómo se asume una resolución con la que quizá no estaban completamente de acuerdo. En mis textos trabajo especialmente el valor del Consejo de Familia y del Directorio como lugares donde distintas generaciones pueden encontrarse, intercambiar miradas y combinar experiencia con nuevos conocimientos.
Pero conviene evitar un error: crear órganos no profesionaliza automáticamente a una empresa familiar. Un Consejo de Familia que nunca se reúne, un Directorio que solamente acompaña al fundador o una Asamblea donde nadie se anima a plantear diferencias pueden dar una sensación de orden sin modificar demasiado la realidad. La estructura ayuda solo cuando las personas están dispuestas a utilizarla de verdad.
Quizás por eso, antes de preguntarse qué órganos de gobierno debería crear una empresa familiar, convenga hacer otro ejercicio. Mirar las conversaciones importantes de los últimos meses y preguntarse: ¿dónde ocurrieron? ¿Quiénes participaron? ¿Quién debería haber participado? ¿Qué temas se mezclaron? ¿Qué decisiones quedaron poco claras?
Las respuestas suelen mostrar bastante rápido qué espacio está faltando. Porque un órgano de gobierno no debería nacer de un organigrama ideal, sino de una necesidad concreta. Cuando cumple esa función, deja de ser una formalidad y empieza a convertirse en algo mucho más útil: un lugar donde la familia empresaria puede pensar antes de tener que reaccionar.
