Repartir ganancias sin repartir problemas

La reunión venía bien. Habían repasado ventas, márgenes, algunas inversiones pendientes y, por primera vez en bastante tiempo, el año cerraba con un resultado que daba cierto alivio. Hasta que alguien hizo una pregunta sencilla: “Bueno… ¿cuánto vamos a repartir?”. A partir de ahí cambió el clima. Uno pensaba en renovar máquinas, otro en cancelar deuda y otro sentía que después de tantos años de esfuerzo también era razonable que los socios recibieran algo. Nadie estaba necesariamente equivocado. El problema era que esa conversación recién empezaba cuando el dinero ya estaba sobre la mesa.

Cuando me preguntan cómo repartir las ganancias en una empresa familiar, mi primera respuesta suele decepcionar un poco: no existe un porcentaje correcto que sirva para todos. Repartir bien no significa dividir lo que quedó a fin de año y entregar una parte a los socios sin más análisis. Antes hay que entender cuánto necesita la empresa para sostener su operación, qué inversiones tiene por delante, qué compromisos financieros asumió y qué política quieren construir los propietarios. Recién después aparece la pregunta de cuánto distribuir. La distribución de utilidades debería ser una consecuencia de una decisión empresaria, no una negociación familiar de último momento.

Primero hay que saber de qué dinero estamos hablando

En las empresas familiares el tema se complica porque el dinero suele cumplir varios papeles al mismo tiempo. Hay familiares que trabajan y cobran un sueldo, socios que no participan de la gestión pero tienen derechos económicos sobre la propiedad, ayudas que la familia decidió dar a alguno de sus miembros y retiros que durante años se hicieron de manera informal porque “siempre fue así”. Mientras todo eso se mezcla, cualquier conversación sobre ganancias termina cargando asuntos que en realidad pertenecen a lugares diferentes.

Por eso conviene separar. Quien trabaja debería recibir una remuneración acorde con la función que desempeña. Quien es socio puede participar de las utilidades si la empresa decide distribuirlas, trabaje o no dentro de ella. Y una ayuda familiar debería reconocerse como lo que es: una decisión de la familia, no un sueldo encubierto ni un retiro sin explicación. Parece una distinción contable, pero en realidad es una forma de cuidar los vínculos. Cuando cada peso tiene un motivo claro, disminuye el espacio para interpretar que alguien está recibiendo más porque tiene más cercanía, más influencia o más necesidad.

También es importante mirar la empresa antes de mirar a los socios. Puede haber utilidades contables y, sin embargo, poco efectivo disponible. Puede existir una oportunidad de inversión que requiera capital. O una deuda que convenga reducir. En otros momentos, en cambio, retener sistemáticamente todas las ganancias puede terminar siendo injusto para quienes son propietarios y nunca reciben un retorno por el capital que tienen comprometido. El equilibrio no está en distribuir siempre ni en reinvertir siempre. Está en acordar bajo qué condiciones la empresa hará una cosa u otra.

Una regla antes de conocer el resultado

He visto muchas discusiones que podrían haberse evitado si la familia hubiera conversado este tema un año antes. Cuando la política se define después de saber cuánto ganó la empresa, cada uno llega con su necesidad personal y la regla empieza a construirse alrededor de esas urgencias. Uno quiere reinvertir porque está pensando en el negocio; otro necesita dinero para un proyecto familiar; otro siente que hace años que nunca recibe nada. La conversación deja de ser sobre la empresa y se transforma en una pulseada de expectativas.

No hace falta escribir una fórmula rígida que funcione para siempre. Sí conviene definir criterios: qué nivel mínimo de capital de trabajo se quiere cuidar, cuánto endeudamiento resulta razonable, qué inversiones tendrán prioridad y qué información recibirán los socios antes de decidir. A partir de ahí puede acordarse un rango o una orientación de distribución, con la posibilidad de apartarse cuando existan razones suficientes y todos entiendan por qué. Las buenas reglas no eliminan la discusión; hacen que la discusión empiece en un lugar más sano.

También ayuda recordar que igualdad y equidad no son lo mismo. Si dos hermanos tienen la misma participación societaria, una distribución de utilidades debería respetar esa propiedad. El hermano que trabaja más no debería compensar su esfuerzo apropiándose de una mayor parte de las ganancias; ese esfuerzo tiene que reconocerse en su sueldo, sus responsabilidades y eventualmente en los incentivos acordados. Del mismo modo, quien no trabaja no debería confundir su condición de socio con un derecho a intervenir en cada decisión operativa. Separar los roles no enfría a la familia. Evita que cada diferencia económica termine convirtiéndose en una diferencia afectiva.

Tal vez por eso la pregunta útil no sea “¿qué porcentaje deberíamos repartir este año?”. Antes convendría preguntar: “¿Qué queremos que ocurra cuando la empresa gane dinero?”. Si la familia puede responder eso con cierta claridad, la distribución deja de depender del estado de ánimo, de quién necesita más o de quién tiene la última palabra. Y cuando llega el buen año, en vez de improvisar una discusión, existe una conversación que ya empezó mucho antes.

Porque repartir ganancias parece una decisión financiera. En una empresa familiar, muchas veces es también una prueba de cuánto aprendimos a separar empresa, propiedad y familia sin dejar de cuidar a las tres.