¿Existe dependencia del fundador? Es lunes. Son las ocho de la mañana y la empresa abre como cualquier otro día. Los primeros empleados llegan, los clientes empiezan a llamar y los proveedores esperan las respuestas de siempre. Pero esa mañana hay una diferencia: el fundador no aparece. Nadie sabe con certeza qué ocurrió. Tal vez está enfermo, un viaje de urgencia o simplemente una situación personal que lo obligó a ausentarse. El motivo, en realidad, es lo menos importante. Lo verdaderamente interesante es observar qué empieza a pasar en la empresa apenas todos entienden que hoy no va a estar.
Al principio casi no se nota. La actividad continúa y cada uno sigue con sus tareas. Sin embargo, de a poco empiezan a aparecer pequeñas situaciones que nadie había previsto. Un cliente importante pide hablar con él. Un proveedor espera una autorización que siempre daba el fundador. Hay una negociación que no avanza porque alguien dice: «Esperemos a que vuelva». En otra oficina surge una duda y la respuesta es casi automática: «Eso siempre lo decidía él». Sin proponérselo, la organización empieza a desacelerarse. No porque falten personas capaces, sino porque muchas decisiones todavía tienen un único lugar de destino.
Una empresa depende demasiado del fundador cuando las decisiones importantes, la información crítica, las relaciones con clientes y proveedores y buena parte del criterio de gestión siguen concentrados en él. La señal más clara aparece cuando su ausencia, incluso durante pocos días, demora respuestas, frena negociaciones o hace que los demás prefieran esperar antes que decidir.
He visto esta escena con distintas variantes en muchas empresas familiares. Lo curioso es que casi nunca ocurre por falta de compromiso. Tampoco porque no existan gerentes o responsables preparados. De hecho, en muchas de esas empresas hay excelentes equipos de trabajo. El problema es otro: durante años todos aprendieron que había una persona que tenía la última palabra. Y cuando eso sucede durante mucho tiempo, esa forma de funcionar deja de ser una costumbre para convertirse en parte de la cultura de la empresa.
Desde afuera es fácil concluir que el fundador concentra demasiado poder. Pero creo que esa mirada resulta injusta si no entendemos cómo llegó hasta ahí. Durante años fue quien conoció a los clientes más importantes, negoció con los bancos, tomó las decisiones difíciles y sostuvo la empresa en momentos donde nadie más podía hacerlo. No construyó ese lugar por capricho. Lo construyó porque era necesario. Gracias a esa forma de conducir, muchas empresas crecieron, atravesaron crisis y llegaron hasta donde están hoy.
El desafío aparece cuando la organización sigue creciendo, pero la forma de decidir permanece exactamente igual. Lo que durante mucho tiempo fue una fortaleza empieza lentamente a transformarse en una vulnerabilidad. Toda la empresa se acostumbró a depender de una única mirada para resolver situaciones que ya podrían compartirse.
Y esa dependencia también tiene un costo para el propio fundador. Muchas veces es él quien más desea que otros asuman responsabilidades. Le gustaría tomarse unas vacaciones sin mirar el teléfono cada media hora, reducir el ritmo de trabajo o simplemente dejar de intervenir en decisiones operativas. Sin embargo, cuando llega el momento de hacerlo descubre que nunca construyó las condiciones para que eso ocurriera. No alcanza con nombrar responsables. Tampoco con hacer un organigrama. Las personas necesitan desarrollar criterio, ganar confianza y equivocarse algunas veces para poder crecer. Ese proceso no empieza el día en que el fundador decide retirarse. Empieza muchos años antes.
Con frecuencia, cuando trabajamos estos temas en una empresa familiar, alguien dice: «Acá el problema es que todos dependen de papá». Yo suelo responder que esa frase merece una segunda lectura. La verdadera pregunta no es por qué todos dependen del fundador. La pregunta es qué hizo la organización durante todos estos años para dejar de depender de él. Porque la continuidad nunca es responsabilidad de una sola persona. Es una construcción colectiva.
Muchas familias empresarias creen que prepararse para el futuro consiste en hablar de sucesión. En mi experiencia, la sucesión es apenas una parte de la conversación. La continuidad comienza bastante antes. Comienza cuando el conocimiento deja de estar guardado en una sola cabeza, cuando las decisiones empiezan a compartirse y cuando la empresa aprende a funcionar con reglas que sobreviven a las personas.
Prepararse no significa buscar apresuradamente un reemplazo. Significa identificar qué decisiones siguen concentradas, quién podría asumirlas, qué información necesita y qué reglas deberían quedar definidas antes de una ausencia. La continuidad empieza cuando la empresa puede responder esas preguntas sin depender de una emergencia.
Tal vez por eso una de las preguntas más útiles que podemos hacernos no sea quién reemplazaría al fundador si algún día decide retirarse. Esa conversación llegará a su debido tiempo. Hay una pregunta anterior, mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más incómoda: si mañana usted no pudiera venir a trabajar durante un mes, ¿qué decisiones quedarían paralizadas? La respuesta no habla solamente del fundador. Habla del grado de preparación de toda la empresa.
Las crisis importantes casi nunca avisan cuándo van a llegar. Lo que sí hacen es dejar al descubierto conversaciones que durante años fueron postergadas. Y quizá la continuidad de una empresa familiar empiece exactamente ahí: el día en que la familia decide hablar de estos temas cuando todavía no parecen urgentes.
Una pregunta para reflexionar
Si mañana usted no pudiera venir a trabajar durante un mes, ¿qué decisiones dejarían de tomarse en su empresa? ¿Quién las asumiría? ¿Y esa persona sabe realmente que hoy tiene esa responsabilidad?
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Muchas veces el mayor valor del diagnóstico no está en el resultado, sino en las conversaciones que genera. Porque hay decisiones que todavía pueden planificarse… siempre que nos animemos a hablar de ellas antes de que una situación inesperada nos obligue a hacerlo.
