La profesionalización como proceso

La profesionalización como proceso

Una de las características de este momento histórico de la humanidad es la inmediatez. Pareciera que todo puede conseguirse rápido. Hay empresas que ofrecen entregar las compras que se hacen online en sólo un par de horas después del último click. Dietas que prometen una figura envidiable en sólo un par de semanas, mostrando fotos de personas con gran sobrepeso que, con sólo unos minutos diarios de ejercicio, se convertirán en modelos de una revista de actualidad.

A mi me gusta correr. Lo hago como un hábito saludable, tres o cuatro veces por semana. Voy a un grupo de entrenamiento y es común escuchar a alguno nuevo que se incorpora que dice “Yo quiero correr como él”, señalando a alguno con mayor estado físico. El profe, siempre la misma respuesta: “Ya lo vas a conseguir. Es un proceso, tené paciencia”.

En las empresas pasa lo mismo. Me piden acompañar un proceso de profesionalización, pero que lo haga en un par de semanas. Siguiendo con el ejemplo, es como querer correr una maratón habiendo entrenado un mes. Imposible.

¿Qué implica profesionalizar?

Un proceso de profesionalización es un camino que se recorre con el fin de desarrollar en la empresa una estructura que le de solidez. Y no hablo sólo de solidez económica, aunque ciertamente la incluyo.

Un proceso de profesionalización también trabaja en la institucionalización; diferenciar familia y empresa; desarrollar prácticas de gestión; trabajar la comunicación y asegurar la continuidad.

Cada empresa debe establecer sus prioridades y elegir con cuál de estos aspectos le parece mejor comenzar. Sería algo complejo desarrollar todos a la vez. Puede suceder también que una empresa ya tiene muy bien establecidas sus prácticas de gestión y sus órganos de gobierno, pero lo que le falta es trabajar la sucesión a la próxima generación.

Digamos que profesionalizar es un menú a la carta.

¿Por qué no es rápido el proceso?

Supongamos que una empresa desea ser más productiva profesionalizando sus prácticas de gestión, con el fin de ser más eficientes y no malgastar recursos. Tomo un ejemplo promedio de mis clientes: una empresa familiar fundada por papá y mamá hace 30 años. Los hijos ya son grandes y algunos participan de la gestión de la empresa en diferentes departamentos. El papá nunca pudo terminar el secundario porque tuvo que trabajar. Con mucho esfuerzo construyeron una empresa exitosa y que gana mucho dinero.

Los hijos de esta pareja pudieron estudiar y hoy ya son profesionales. Llegan a la empresa con muchas nuevas ideas, pero se encuentran con que cambiar las cosas no es tan fácil como parecía. El problema número uno: papá. Es difícil cambiar una forma de pensar que, encima, ha sido muy exitosa (ver el artículo “Morir de éxito”). Él expresa su deseo de abrirse a nuevas ideas, pero llegado el momento no logra. Por el otro lado, los hijos que me dicen “Decile vos Pablo, así podemos avanzar rápido”. Como si yo fuera Harry Potter y con un movimiento de varita mágica pudiera cambiar a las personas.

Ni rápido ni lento

No quisiera tampoco que se hagan la idea de que la profesionalización es algo eterno. Diría que dependerá de las circunstancias que la empresa y la familia tengan. En la mayoría de los casos lo que se modifica es una forma de hacer las cosas, una cultura organizacional y/o familiar.

Este cambio cultural es mucho más complejo que un simple cambio de procesos. Muchas veces entran en juego otros condimentos emocionales y personales que colorean particularmente los hechos. Les pongo otro ejemplo: una familia empresaria que quiere mejorar su comunicación, pero que nunca ha podido desarrollar el hábito de hablar entre ellos sin gritar o pelear. Lleva mucho tiempo para que internalicen otra manera de conversar; hacerlo sin agresiones y pedir disculpas cuando a alguno “se sale la cadena”.

Disfrutar el proceso

Si las personas se enfocan sólo en la meta, puede aparecer cierta ansiedad cuando se dan cuenta de que no se avanza tan rápido como hubieran creído. Yo siempre los invito a disfrutar el proceso. A saber reconocer ese pequeño paso que han dado y no fijarse tanto en los miles que faltan. Aprender a ver la mitad llena del vaso.

Como dice una frase que leí por ahí “Cuando te decides a disfrutar el proceso, tu felicidad ya no depende del resultado”.

Pablo Loyola
Consultor de Empresa Familiar Certificado (CEFC®)
@novarumcba

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